Querido Bartolo,
Hoy me detengo a mirarte y, entre tantos recuerdos, vuelve a mí la imagen de aquel joven estudiante de magisterio que solo soñaba con ser como tú. En aquel entonces, tú ya eras el maestro de prestigio en tu querida San Javier, pero para mí eras mucho más: eras el espejo donde quería mirarme. Nuestras charlas sobre la escuela y los alumnos nunca fueron simples conversaciones; fueron mis mejores lecciones. Yo no solo te escuchaba, yo te absorbía.
Me diste el empujón necesario para caminar cuando me abriste las puertas de aquel grupo de innovación educativa. Gracias a ti, mis primeros pasos profesionales tuvieron una dirección y un sentido.
A lo largo de todos estos años, te has convertido en mi brújula silenciosa. Ante cada aula difícil, ante cada duda pedagógica o conflicto ético, siempre me asaltaba la misma pregunta: "¿Cómo lo haría Bartolo?". Esa pregunta me salvó más veces de las que puedo contar.
Tal es la fe que siempre he tenido en tu criterio que un día te pedí que entraras en mi clase. No quería que me evaluaras, quería que me iluminaras. Y ahí estuviste, observando mi trabajo con mis alumnos, regalándome tus consejos y sugerencias con esa humildad y sabiduría que solo poseen los que son grandes de verdad. Jamás hubo juicio en tus palabras, solo el deseo genuino de ayudarme a ser mejor.
Hoy, aunque el tiempo nos ha llevado ya a la jubilación, me invade una soledad profunda. Me siento huérfano. Porque mientras tú estabas, yo seguía siendo ese alumno que tenía a quién acudir. Al irte, me quedo sin mi guía, sin mi referente... me quedo sin mi maestro.
Gracias, Bartolo, por enseñarme que la educación no es una profesión, sino un acto de amor y generosidad. Te prometo que, mientras me quede un hilo de memoria, seguiré preguntándome cómo lo harías tú.
Buen viaje, Maestro.

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