jueves, 19 de julio de 2018

Mi infancia son recuerdos

Fue allá por el año 1967 cuando tenía siete años, que  me incorporé al Zaraíche a segundo de primaria, anteriormente había estado, por sendos  cambios de domicilio de mis padres, en el Colegio San Batolomé-La era en mi etapa de preescolar, de la que apenas tengo recuerdos y posteriormente en el Colegio Cristo del Consuelo en donde hice primero con Don Fernándo, un maestro alto y de buenos modos, del que  recuerdo aquella manera que nos enseñaba los números del uno hasta el cien en una pizarra apoyada en un trípode.

Así, que acabé  en el Colegio Virgen del Buen Suceso, más conocido por el Zaraíche, y hoy por C.P. Antonio Buitrago, para hacer segundo con Don Francisco, un hombre ya mayor, calvo  y que siempre vestía con traje y corbata y algunas veces con boina. Son muy confusos y un poco desordenados los recuerdos de aquella época de un niño de siete años, así que es posible que se mezclen entre ellos  hechos reales con otros que puede que sean más confusos. De Don Francisco lo recuerdo un tanto despistado, hasta el punto que era posible que un alumnos que se apellidaba Yepes se comiera un melón dentro de clase y además repartiera a los compañeros, mientras Don Francisco nos corregía las cuentas.Tampoco se  me ha olvidado esa forma en la que había que contestar cuando nos preguntaba algo: " A ver Pepito ¿has hecho los deberes?", no valía un si o un no, había que decir si señor o no señor y en esto insistía mucho, eso si de buenas maneras y sin gritos, era un hombre entrañable y cariñoso.

Por aquellos años, a las casas  llegaban las primeras televisiones en blanco y negro, con un solo canal y con unas pocas horas de emisión, así entre los pedazos  de pan con  una onza de chocolate todas las tardes al salir del colegio, a eso de las cinco y media o seis,sentado delante de la tele para ver a Locomotoro, Valentina, al capitán Tan y al tío Aquiles, mis verdaderos héroes. En aquellos tiempos de una sociedad intolerante, recuerdo una televisión menos agresiva que en tiempos posteriores, pero eso no quita que en una  pasillo de la escuela un maestro, del que no recuerdo el nombre pero si la cara, me pegara un tortazo a mano abierta que casi me tira al suelo, mi pecado había sido poner una zancadilla a otro crío que entraba a clase  y que anteriormente él me había puesto la zancadilla a mi pero con tan mala suerte que a mi me pilló pero al otro no.

Al año siguiente entre en tercero con Don Juan Ortiz, del que guardo un grato recuerdo. Era un maestro joven, moderno, no recuerdo que llevara nunca traje y era un maestro deportista, cosa rara para la época. Recuerdo una mañana sus esfuerzos conmigo en la pizarra, me había sacado para hacer una división y luego la prueba del nueve para comprobar si estaba bien, la división creo que estaba bien pero la prueba del nueve no había manera de que  me enterara de la forma  de hacer aquello, Don Juan ins¡stia conmigo una y otra vez, y yo cada vez más nervioso, afloraban las primera risas entre mis compañeros entonces Don Juan cambió el tono de voz y cual inspiración divina vi la luz y conseguí hacer la regla del nueve. ¡Qué momentazo!.

No existía la gimnasia como tal en los colegios y  entonces el fútbol era  prácticamente el único deporte que conocíamos, además detrás del colegio existía el campo de "los caballones" uno de los feudos locales de más tronío y escenario de grandes partidos de aficionados a los que se llamaban desafíos  que eran al mejor de cuatro o al mejor de seis goles, eso si, cuando los grandes nos dejaban. A todo esto, Don Juan organizó un campeonato de minibasquet con una canastas colocadas justo en lo que ahora es la entrada principal, allí descubríamos otros deportes con unos tanteos que nos hacían gracia comparado con los del fútbol y otras reglas que a mi me parecían muy estrictas, mi equipo en este campeonato era el rayo azul y no recuerdo haber metido nunca una canasta en partido oficial. Al terminar la clases, algunas tardes nos íbamos con Don Juan al campo de fútbol de la Avenida del Caudillo, a ver como entrenaba a los juveniles del C.D. Cieza y nosotros tan contentos de que nuestro maestro fuera además entrenador.

Así que entre una cosa y otra  iba creciendo cumplí diez años, por la tele veía la casa de los Martínez por las tardes y el fugitivo por las noches. En la escuela estaba director Don Antonio Buitrago, del que mi padre decía que era muy listo porque lo conocía ya que habían ido a la escuela juntos, yo sentía cierta admiración por Don Antonio, que de vez en cuando entraba a nuestra clase y nos explicaba algo nuevo y luego nos preguntaba, lo veía como alguién por encima de los demás hasta el punto que recuerdo que un día le pregunté a mi padre que si Don Antonio con lo listo que era podría ser premio Nobel y mi padre me dijo que a lo mejor. Eso a mi me dejo muy pensativo.

En mi último año en el colegio en cuarto fue con Don Juan Martínez, un hombre ya bastante mayor con el pelo blanco y que siempre recuerdo con un porte elegante y traje gris con corbata fina. Era muy curiosa la manera en que Don Juan nos preguntaba la lección, nos poníamos todos de pie alrededor de la clase el primer día por orden de lista y Don Juan preguntaba la lección, si uno  no la sabia pasaba al siguiente y si este  si la sabía lo adelantaba y así con todos. De esta manera se hizo una especie de ranking en donde en los primeros puestos estaban los que siempre se la sabían y los últimos los que nunca se la sabían. Yo, por mi apellido, empecé por la mitad y en pocos días me fui yendo a la parte de atrás a la cola, pero no sé muy bien lo que ocurrió que me dio por estudiar y fui avanzando poco a poco hasta llegar a número siete, de ahí nunca pude pasar a los de delante que  no fallaban nunca, pero claro tampoco podía dormirme porque volvía a la cola otra vez y no era plan con el trabajo que me había costado.

En aquel curso recuerdo  como  entre todos colaborábamos en completar algún que otro álbum sobre los más diverso temas, así había de animales, de coches, de futbolistas y que luego se quedaban en clase para consulta de todos. Me viene a la cabeza aquel alumno "pelota" que siempre le regalaba la palmeta al maestro y que "cariñosamente"  este le llama a la palmeta "La leona", pues bien casi siempre este alumno estrenaba en su mano a "La leona".

Me gustaba la manera en que Don Juan Martínez nos contaba y nos explicaba las cosas, recuerdo momentos de sus explicaciones de quedarme literalmente con la boca abierta, había algo diferente en él que lo hacía distinto, desde un tono serio pero distendido tenía esa oratoria envolvente que al menos a mi me cautivaba.

Además de todo lo anterior tengo otros recuerdos desordenados en el tiempo y en el espacio de otros maestros  y hechos de mi paso por el  Zaraíche, asi cuando Don Luis Carrillo, en una sustitución, nos explicó que aquello del paraíso terrenal que nos habían contado no era exactamente así, ¡aquello si que fue un notición! o cuando Don Andres,un maestro jóven, alto, con una nariz muy puntiaguda y de voz muy grave nos contaba que venía todos los días al colegio en moto desde Murcia donde vivía, eso para mi era una especie de heroicidad.

Apenas recuerdo a muchos de mis compañeros de entonces, aunque muchos de ellos eran y son mis amigos de barrio de la calle Azorín, de Sanz Orrio y de las cien viviendas.Si tengo que decir que, cuando  bastantes años después he vuelto por el colegio, uno tiene la sensación muy agradable de que creció por allí en esa edad de la inocencia y algo de allí te pertenece.

¡ FELIZ CUMPLEAÑOS,QUERIDO COLEGIO !


Domingo Méndez López

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